Todo empezó en la extensa llanura que conforma la tierra de Sinar, el antiguo país de Sumer, en el actual Irak. Hace varios miles de años, mucho antes de la fundación de Atenas o de Roma, antes incluso de que se pusiesen los cimientos de la primera pirámide en Egipto, una civilización se desarrolló en esta tierra hoy desolada por el desierto, las guerras y la ignorancia.

Hace más de cinco mil años Irak tenía un aspecto totalmente distinto. Los ríos Éufrates y Tigris servían a los habitantes de las comarcas que atravesaban como las venas que llevan la sangre al cuerpo humano. Eran vitales rutas de comunicación, aportando el agua que regaba los campos y permitía el desarrollo de la civilización. Sin estas dos cuencas fluviales no habría vida, todo se lo habría comido la arena. No es de extrañar que los griegos, cuando se lanzaron al descubrimiento y la conquista del mundo que se extendía más allá de la Hélade, le diesen el nombre de Mesopotamia, la tierra entre los dos ríos. Los sumerios y otros pueblos que vivieron en este fértil país construyeron algunas de las primeras ciudades del mundo. Aquí nació la escritura, aquí se construyeron los primeros núcleos urbanos que merecieron tal nombre, aquí se pusieron los cimientos de la Astronomía, de la agricultura intensiva, del comercio, del arte de la guerra a la que tan aficionados son los hombres. Los reyes se sucedieron unos a otros, los reinos se convirtieron en imperios, lucharon entre sí, alcanzaron amplia fama y se hundieron después, desvaneciéndose en las nieblas de la historia de los hombres. Poco tiempo después de su caída, Nínive y Babilonia eran apenas nombres que pervivían en la memoria, más como figuras fantasmagóricas que como realidades. De la primera ya se perdió su ubicación a los pocos siglos de sus destrucción, de la segunda aún era posible más o menos saber por dónde quedaba mucho tiempo después.

Varios milenios tras su caída, leyendas y sucesos históricos se mezclaron de tal manera que sus tradiciones, su cultura, su trayectoria social y política y su relevancia para la humanidad se desvanecieron en las sombras. Solo sobrevivieron algunos recuerdos, pequeños retazos aquí y allá, en relatos de los griegos, que más parecían cuentos o fábulas que hechos verídicos, y en las historias de la Biblia, a la que el hombre de la Ilustración del siglo XVIII empezó a restar valor.

A principios del siglo XIX, en los estertores del otrora glorioso Imperio Otomano, que gobernaba estas tierras, la curiosidad de los europeos les llevó a dotarse de pico y pala y empezar a abrir las entrañas de la tierra. Poco a poco, las viejas ciudades volvieron a salir a la luz, y el desciframiento de sus sistemas de escritura y de su lengua, la llave de sus secretos, abrió sus archivos milenarios a una nueva generación de hombres. Cada hallazgo se seguía con gran interés al otro lado del Mediterráneo. Gran Bretaña, Francia y Alemania, las grandes potencias mundiales de la época se disputaban cada hectárea de terreno, cada prometedor lugar de excavación, porque cualquier descubrimiento importante daba lustre a la grandeza patria. Fue una carrera a contrarreloj, donde se cometieron muchos errores, y se realizaron muchos aciertos. A finales de ese siglo la Arqueología era una ciencia incipiente y arrojaba luz sobre los misterios que los hombres llevaban tantos años preguntándose desde que el Siglo de las Luces había impuesto la duda del escéptico sobre el Libro sagrado para cristianos y judíos. ¿Qué había de cierto en la Biblia? ¿Cómo nos podíamos fiar de sus relatos? ¿Son cuentos mitológicos, relatos morales pero sin fundamento histórico a fin de cuentas? ¿O sus historias son reales y la duda del hombre moderno surgía más de su incredulidad que de las pruebas?

Mucho tiempo atrás, en la ciudad de Jerusalén, Jesús de Nazaret hizo su entrada en la capital de Israel, montado en un pollino, en medio de los aplausos y gritos de alegría de la multitud. En aquel primer Domingo de Ramos, no todos estuvieron contentos. Sus enemigos, los fariseos, se quejaron de este trato propio de un rey.  “Maestro, reprende a tus discípulos”. La respuesta del Señor fue contundente: “Os digo que si estos callaran, las piedra clamarían”. (Lucas 19:39–40). Así pues, Jesús mismo apeló también al testimonio de la Historia como prueba de sus afirmaciones. Y este libro trata de explicar hasta qué punto las piedras claman hoy en día en un mundo incrédulo y confirman las aseveraciones que Jesucristo hizo de sí mismo y del testimonio de los profetas.

Continuará

Marcos Gago